¿Cómo estoy hoy? Para Gaby Hostnik, una pregunta aparentemente sencilla puede convertirse en una herramienta fundamental para comprender cómo atravesamos cada jornada. En medio de las obligaciones, las pantallas y la velocidad cotidiana, registrar el cansancio, la energía disponible o las emociones que influyen sobre nuestras decisiones se volvió cada vez más difícil.
La especialista abordó estas cuestiones en el podcast de TICMAS, donde presentó algunas de las ideas centrales de su libro El futuro es lo que haces hoy. Allí reúne años de trabajo vinculados con la educación emocional, las neurociencias y el bienestar, a partir de siete pilares relacionados con el concepto de “buen vivir”.
Hostnik cuenta con dos décadas de experiencia en áreas de Personas y Desarrollo de Talento, tanto en empresas como en consultoras internacionales. Se formó en Educación Emocional, Bienestar y Neuroeducación en la Universidad de Barcelona y actualmente dirige programas de Educación Ejecutiva en la Universidad Torcuato Di Tella. Además, desarrolló los métodos Gimnasia Emocional y Rediseñate.
Uno de los conceptos que atraviesa su mirada es la necesidad de trabajar el bienestar antes de que aparezca una situación de crisis. Para Hostnik, capacidades como la resiliencia no deberían ponerse en práctica únicamente frente a un trauma o una dificultad, sino entrenarse de manera cotidiana a través de pequeños hábitos.
Preguntarse cómo se siente una persona, cuánta energía tiene o qué necesita cambiar durante el día puede parecer insignificante, pero permite desarrollar una mayor conciencia sobre el propio estado y tomar mejores decisiones.
Por esa razón, Hostnik prefiere hablar de bienestar antes que de felicidad. Mientras la felicidad suele asociarse con momentos de intensidad y emociones agradables, el bienestar contempla también la incomodidad, el cansancio y las situaciones difíciles.
En ese marco, utiliza el concepto de “sustentabilidad emocional” para explicar la importancia de equilibrar el gasto y la recuperación de energía. Según su planteo, cuanto mayor es la velocidad con la que vivimos, mayor debería ser también el espacio destinado a recuperarnos.
Las pausas, en ese sentido, no representan una interrupción de la actividad sino una parte necesaria de ella. Una caminata, una conversación, unos minutos sin estímulos o simplemente un momento sin una tarea específica pueden contribuir a recuperar recursos físicos y mentales.
La misma problemática aparece en el ámbito educativo. La enorme cantidad de información disponible y la posibilidad de pasar rápidamente de una actividad a otra no necesariamente significan mejores aprendizajes. “Nuestra atención está super hackeada”, sostuvo Hostnik durante la entrevista.
Para la especialista, el cerebro ganó velocidad e interconexiones, pero al mismo tiempo se redujeron capacidades como la concentración, la atención sostenida y la memoria. El fenómeno no alcanza solamente a niños y adolescentes: también afecta a adultos que pasan de reuniones a mensajes, clases y pantallas sin períodos suficientes de pausa.
Hostnik sostiene que para que una experiencia se transforme verdaderamente en aprendizaje es necesario disponer de tiempo para volver sobre lo incorporado, relacionarlo con otros conocimientos, pensar cómo puede aplicarse o explicárselo a otra persona. Ese espacio posterior a la experiencia se volvió cada vez más escaso.
Frente a este escenario, considera que la educación emocional debería formar parte de toda la currícula y no convertirse en una asignatura aislada. El autoconocimiento y la capacidad de regular las propias emociones tienen impacto tanto en la convivencia como en la disposición para aprender.
El desafío, según su mirada, comienza también con los adultos. Los docentes llegan al aula con sus propias preocupaciones, cansancio y exigencias, por lo que reconocer su estado emocional resulta fundamental para poder acompañar a sus estudiantes. Hostnik considera al maestro un “regulador emocional” y destaca la importancia de cuidar la energía de quienes tienen la responsabilidad de enseñar.
La cuestión tampoco se limita a la educación primaria o secundaria. En sus clases de educación ejecutiva, la especialista encuentra preguntas similares entre estudiantes adultos: cómo tomar mejores decisiones, controlar respuestas impulsivas, reconocer el propio estado emocional y construir vínculos más saludables.
Otro de los conceptos centrales de su propuesta es “Ubuntu”, una idea vinculada con la pertenencia y la vida en comunidad. Para Hostnik, las personas están diseñadas para vivir en red y formar parte de algo colectivo.
La reflexión adquiere especial relevancia frente a la sensación de soledad que atraviesa a muchos adolescentes y jóvenes. En una época en la que buena parte de las relaciones están mediadas por dispositivos, la especialista destaca la necesidad de recuperar los vínculos, contar con alguien con quien conversar y formar parte de una comunidad.
Su propuesta no apunta a eliminar el cansancio, la incertidumbre o las emociones incómodas. El objetivo es desarrollar herramientas para reconocer esos estados, atravesarlos y aprender de ellos.
En la escuela, el trabajo y la vida cotidiana, detenerse para identificar qué ocurre con el cuerpo, la atención y las emociones puede convertirse, para Hostnik, en una práctica de bienestar y también en una forma de aprendizaje.
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