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El 10 de noviembre de 1898, la ciudad de Wilmington, en Carolina del Norte, fue escenario del único golpe de Estado exitoso en la historia de Estados Unidos. Un grupo de supremacistas blancos derrocó por la fuerza a las autoridades elegidas democráticamente, desatando una ola de violencia contra la comunidad afroamericana que transformó para siempre la ciudad.

A fines del siglo XIX, Wilmington era una de las pocas ciudades del sur con una amplia participación política y económica de la población negra. Esa convivencia multirracial generó el rechazo de sectores de la élite blanca, que organizaron una campaña para recuperar el control político mediante la violencia.

Lejos de tratarse de un estallido espontáneo, el golpe fue planificado con anticipación. Sus impulsores elaboraron manifiestos, difundieron discursos supremacistas y coordinaron acciones para expulsar a los dirigentes afroamericanos y tomar el control del gobierno local. Incluso hubo advertencias previas sobre la posibilidad de un ataque, pero las autoridades estatales no intervinieron.

Tras la insurrección, decenas de personas afroamericanas fueron asesinadas y cientos debieron abandonar la ciudad. El nuevo gobierno impuesto por los golpistas consolidó un sistema de segregación racial y privó del derecho al voto a gran parte de la población negra durante décadas.

Más de un siglo después, Wilmington mantiene viva la memoria de aquellos hechos a través de monumentos y espacios de reflexión que buscan visibilizar un episodio durante mucho tiempo silenciado en la historia estadounidense y sus consecuencias sobre la igualdad racial y la democracia.

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