Después de subirse al podio de las 24 Horas de la Corvina Negra 2026 y dejar a Balcarce en lo más alto del concurso de pesca en mar abierto más grande de Sudamérica, Martín Testa pasó por los estudios de Gabal para relatar, en primera persona, todo lo que vivió durante esas horas cargadas de tensión, cansancio y emoción.
En las primeras horas del concurso, tras la captura de su pieza, Martín llegó a ubicarse en el primer puesto de la clasificación general, generando una enorme expectativa en la playa. “Cuando salió la noticia de que estaba primero, no lo podía creer. Hacía más de 10 años que no salían tantas corvinas negras en un torneo. La del año pasado había sido de 1,600 kg y la mía pesó más de 2 kilos. Empezaron a caer camionetas, gente que me preguntaba si era yo el pibe que estaba primero. Fue una locura. Lloré de emoción”, contó.
El pescador local, había sacado la pieza el sábado por la tarde y todavía quedaban 18 horas de concurso por delante. Pasó la noche en la playa, prácticamente sin dormir, metido en el agua hasta las rodillas en un sector rocoso. “Me acosté una hora a las tres de la mañana y a las cuatro ya estaba tomando mate otra vez. Cuando entré a ver la clasificación en vivo ya no estaba primero. Me habían pasado por 500 gramos. Ahí me agarró una culpa tremenda, dije ‘tengo que seguir pescando’. Y volví al agua”.
Entre mates, frío, cansancio, Testa reveló el costado más íntimo de su vivencia: el vínculo con su abuela, María Elena. “Yo no soy muy de creer. Pero apenas armamos el gazebo, pegué arriba una estampita de la Virgencita que me dio mi abuela. La llamé y le dije: ‘prendé una vela’. Y cuando viene el fiscal a tomarme los datos me dice: ‘este lugar se llama La Virgencita’. No lo podía creer. Para mí me lo mandó mi abuelo desde arriba”.
A esa cadena de “señales” se sumaron pequeños gestos: plomadas prestadas por un vecino, una tenaza que le dio un amigo, una pulsera que le hizo su cuñada antes de viajar. “Fuimos muy a lo indio, cargamos el auto y nos fuimos. Pero llevé todo eso conmigo”.
Cuando se cerró el concurso y se confirmaron las posiciones, Martín supo que había terminado tercero. Y que el premio no era menor: un Toyota 0 km.
“No lo podía creer. Me dieron la llave y casi me desmayo. Mi familia seguía todo por la transmisión en vivo, mi abuela llorando, mis amigos esperando en Balcarce cuando volví. Fue soñado”.
También destacó el apoyo de sus compañeros de trabajo, que lo cubrieron durante el viaje, y de los pescadores que lo acompañaron en la playa: “Hermosa gente. Te ayudan, te dan ánimo, te gritan cuando sacás la pieza. Es algo único”.
Todavía sin haber retirado el vehículo —trámite que realizará en los próximos días—, Martín ya tiene claro algo: el año que viene vuelve. “Me dicen que lleve gente porque doy suerte. Pero voy a volver, seguro. Esto no me lo olvido más”.
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